¿Es justa una intervención en Siria?

Publicación enteramente del blogger Gabriel Andrade en Opiniones de Gabriel

 Hay dos tipos de oposición ideológica a la intervención militar occidental en Siria: una es idiota, la otra es inteligente. La idiota se ampara en un profundo sentimiento anti-occidental: toda acción militar armada es y ha sido condenable. Quienes esgrimen este argumento, suelen invocar el principio de soberanía (de formulación occidental, valga añadir) que quedó establecido en el tratado de Westphalia en el siglo XVII: cada nación es soberana, y ningún país tiene derecho a inmiscuirse en los asuntos internos de otro país.
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            Esta postura, me parece, es profundamente inmoral. El culto a la soberanía nacional ofrece una gran oportunidad para que los tiranos tengan el camino libre para cometer cualquier tipo de atrocidad dentro de sus territorios, pues se les garantiza que ningún poder ajeno intervendrá para poner fin a sus agresiones internas.
            Para que una guerra pueda estar moralmente justificada, debe contar con una causa justa. Entre los defensores de la doctrina de la guerra justa, ha habido debates en torno a qué constituye una causa justa. Tradicionalmente, la doctrina postula que una causa justa es la respuesta a una agresión: sólo se puede lanzar una guerra si previamente se ha sufrido un ataque.
Con esto, se entiende que un país que no ha recibido una agresión no puede atacar a otro país. Pero, desde el siglo XVI, a partir de las obras de Francisco de Vitoria, cada vez más defensores de la doctrina de la guerra justa postulan que, si un gobierno comete actos criminales contra su propia población, sí hay justificación para que otro gobierno (que no ha recibido agresión) intervenga militarmente para poner fin a esos crímenes. Se trata del concepto de “intervención humanitaria”.
Obviamente, la “intervención humanitaria” va en detrimento (o al menos debilita) la soberanía: la primera asume el compromiso moral de intervenir para poner freno (o fin) a los abusos de un gobernante contra su propia población; la segunda sirve como cómplice para que el déspota actúe sin ningún tipo de restricciones. En este sentido, es un error oponerse de plano a cualquier intervención militar en los asuntos internos de otro país.
            Pero, por supuesto, no todas las intervenciones militares en otros países están justificadas. Y, en ese sentido, es necesario evaluar bien el escenario, pues podríamos rechazar la intervención en Siria, no bajo el argumento de que debe respetarse a toda costa la soberanía, sino bajo el argumento de que, en esta situación en particular, no están dadas las condiciones morales para una intervención. La doctrina de la guerra justa postula que, además de la causa justa, debe haber una intención justa, una declaración pública y autorizada de guerra, se deben agotar los intentos pacíficos para solventar la crisis, debe haber proporcionalidad en el uso de la fuerza, y se debe tener un grado razonable de probabilidad de éxito.
            En vista de esto, podemos intentar analizar si hay o no justificación para una intervención occidental en Siria. Ciertamente, hay una causa justa. Bashar Al Assad es un dictador ilegítimo y sanguinario, y ha acudido al uso de armas químicas. Hay un intento de propaganda para sostener que esas ramas químicas no han sido empleadas por el régimen sirio, sino que han sido empleadas por EE.UU. e Israel, para así justificar una invasión. Soy muy escéptico de estas teorías de conspiración, y creo que el uso por parte de Assad ha estado bastante bien documentado. Hay documentación que sugiere que empresas británicas y norteamericanas han colaborado con Siria en la venta de materiales para armas químicas. Eso ciertamente es moralmente objetable, pero ello no impide que los gobiernos de las potencias occidentales preparen una intervención humanitaria. Tampoco es un argumento de peso postular que EE.UU. ha usado armas químicas en el pasado (un hecho innegable): el hecho de que un país las usó anteriormente no justifica que otro país las use ahora.
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            No es del todo claro que las potencias occidentales tengan una intención justa en esta intervención militar. Siempre ha habido intereses occidentales no humanitarios en esa región colmada de petróleo. Pero, al menos en el derecho internacional, se ha prescindido del requisito de la “intención justa”, pues es notoriamente subjetiva. ¿Cómo saber si Barack Obama quiere ganar más petróleo o genuinamente salvar vidas? No estamos dentro de su cabeza como para saber. Sólo podemos juzgar las acciones (no las intenciones), y en este caso, las acciones son muy claras: Bashar Al Assad está masacrando a su pueblo con armas químicas.
            Las vías pacíficas para la solución ya se han agotado. Bashar Al Assad es un personaje desprovisto de confianza. En 2001, en la llamada “primavera de damasco”, prometió reformas, y éstas nunca llegaron. Se ha tratado por medios pacíficos encontrar una solución al conflicto, pero es obvio que con Assad no se puede negociar.
            Y, hay altas probabilidades de éxito. Las intervenciones militares de EE.UU. no son siempre garantía de triunfo (Vietnam es un recordatorio de esto), pero es previsible que, si intervienen, el régimen de Assad caerá y la operación será exitosa.
Con todo, probablemente el punto más contundente en contra de la justificación moral de la intervención en Siria es su ausencia de declaración por parte de una autoridad competente. Tradicionalmente, los defensores de la doctrina de la guerra justa consideran que es suficiente la declaración por parte del gobierno legítimo del país que se prepara a conducir la guerra. Pero, precisamente en detrimento de la absoluta soberanía de cada país, se creó la Organización de Naciones Unidas, y su Consejo de Seguridad, y si bien estos organismos son aún muy débiles (las relaciones internacionales siguen siendo una anarquía), su función es precisamente ésa: tomar decisiones en conjunto respecto a intervenciones militares. Si EE.UU. o el Reino Unido actúan unilateralmente sin la aprobación del Consejo de Seguridad, la ONU habrá perdido su razón de ser. Ciertamente Rusia y China parecen jugar por sus propios intereses, y claramente no les importa que en Siria se cometan crímenes. Pero, sería peor la actuación unilateral por parte de EE.UU. y el Reino Unido. Si Rusia y China persisten en esa actitud, debería plantearse en un futuro la disolución del Consejo de Seguridad, pero por ahora, es necesario acatar su autoridad.
             Asimismo, el cálculo de la proporcionalidad es complicado en esta intervención. Ciertamente, EE.UU. ha desarrollado tecnologías militares (especialmente los drones) que permiten el ataque minucioso de objetivos militares, minimizando las bajas civiles y colaterales. Probablemente como en ninguna otra guerra del pasado, la capacidad técnica para la proporcionalidad en las operaciones militares está garantizada. El problema, no obstante, es que debe preverse qué ocurrirá si el régimen de Bashar Al Assad es derrocado con la ayuda norteamericana.
Muy probablemente, vendrá un escenario mucho peor que el actual. La oposición siria es una amalgama de islamistas de diversa procedencia, así como influencia turca, saudita y qatarí. Es previsible que, al caer el régimen de Bashar Al Assad, continúe una disputa sangrienta en el reparto del botín, y el número de víctimas exceda al número de muertos atribuibles al propio Assad. La situación es comparable con el derrocamiento de Saddam Hussein: no hay duda de que se trataba de un dictador sanguinario, pero ciertamente, en el Irak de hoy hay menos estabilidad y mueren más víctimas que en el Irak de la época de Saddam. En este sentido, un cálculo utilitarista debería conducirnos a seleccionar el mal menor, y me parece que, dada la situación caótica de los rebeldes sirios (así como su complicidad con los movimientos islamistas), Bashar Al Assad es el mal menor.
Así pues, hay justificación para oponerse a la intervención occidental en Siria, pero no por los motivos idiotas de los occidentófobos que invocan la soberanía nacional a toda costa. Ha habido intervenciones militares justas en el pasado. La intervención militar en Rwanda pudo haber evitado el genocidio, y fue inmoral no intervenir. Los ataques aéreos a Serbia por su agresión contra los bosnios y los kosovares tuvieron suficiente justificación, y fueron un éxito moral. Pero, fueron un éxito moral, precisamente porque era previsible que la situación post bellum sería más favorable. No es claro que ocurra lo mismo en Siria, y por eso, es prudente abstenerse de una intervención armada en estos momentos.

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